La Rosa Púrpura
Autora Verenize Bernal Curiel
Email Verenize

CAPITULO  VIII  “Robert de Locksley”
 

Phillip se sorprendió cuando escuchó que Tuck había conseguido el tan ansiado veneno. Ahora lo más peligroso se acercaba, y era el introducir el negro líquido en la sangre del herido y esperar la reacción. Barkley por instrucciones del Príncipe Juan ordenó a Tuck que fuera el mismo fraile quien suministrara el veneno en el Príncipe y se encargara de su cuidado, tal cual lo hiciera con Robin Hood.

- Empezaré con Robin – Dijo Tuck nervioso. – Marion, si tu me dices en este momento que no lo haga, no lo haré... – Le dijo el fraile con la voz temblorosa.
- Confiamos en ti Tuck – le dijo ella abrazándolo y en señal de disculpa por su comportamiento anterior. El fraile le acarició la cara y le sonrió.

Entonces Tuck tomó el brazo izquierdo de Robin y con una punta afilada hizo un corte a lo largo de la muñeca. La sangre escurrió mientras el Fraile vertía una porción del veneno en la herida. Vendó fuertemente el brazo de Robin y se dirigió a los demás.

- Esta hecho. De lo que debemos salvar a Robin es de la fuerte fiebre que desencadenará el veneno. Si logramos controlarla y pasa la noche... se habrá salvado.
- Estaremos preparados – Dijo Juan con seguridad.
 

El mismo procedimiento se llevó a cabo con el Príncipe Juan, quien no estaba en tan malas condiciones dado que había recibido de la daga de Frederick una cantidad menor de veneno. Las instrucciones a Phillip fueron las mismas, tenían que controlar la fiebre del Príncipe si querían mantenerlo con vida.
 

Una hora más tarde Robin se convulsionaba de la fiebre tan elevada que lo había invadido. Apenas si podían hacerle tragar un poco de té y controlar el sudor de su piel.

- Quizá deban hacer algo más drástico – Sugirió Phillip cuando visitó a Robin.
- Qué sugieres? – Preguntó Tuck.
- El agua del pozo debe estar helada... quizá un baño le sería benéfico... – El hombre era tímido y con la misma timidez dio su consejo. Tuck lo reflexionó y asintió con la cabeza.
- Y cómo está el Príncipe Juan? – Preguntó.
- Estará bien... Usted ocúpese de Robin Hood.
- Pues manos a la obra – Dijo Juan decidido.

Envolvieron a Robin en una sábana y lo recostaron en una bañera. Juan vertía despacio el agua helada, mientras Marion se aseguraba que todo el cuerpo del joven se humedeciera. Los labios del bandido temblaban amoratados, dejando escapar algunos quejidos de su garganta. Después de un rato lo llevaron a la cama de nuevo, cubriéndolo con mantas mojadas.

- Vamos a sacarlo de esto - dijo Marion con firmeza.- Tuck, trae más de ese maravilloso té que preparaste, haremos que lo tome aunque tengamos que sumergirlo en él - Tuck sonrió y acercó la vasija. Marion intentó levantar a Robin pero no pudo, sin más Juan se acercó y pasó el brazo detrás de los hombros de Robin y lo incorporó.
- Qué haría Robin sin ti, qué haríamos sin ti Pequeño Grandote? Le dijo Marion convencida. Juan la miró y le sonrió francamente.

Robin sudaba a raudales, las gotas de sudor se mezclaban con la humedad de los paños, pero ninguno se dio por vencido.

- Vamos Robin, eres fuerte, ayúdanos también- Le suplicó Marion.
 

Pasaron un muchas horas antes de que la fiebre cediera, sin embargo, el alba amenazaba con aparecer cuando el calor del cuerpo de Robin empezó a descender poco a poco. Cuando se dieron cuenta de eso, estaban ellos quizá tan cansados como Robin. Le dieron un último trago de té y lo dejaron descansar.

Pequeño Juan se quedó dormido en una esquina de la habitación cerca de la ventana, Tuck en una silla y Marion dormitaba recargada en una orilla de la cama de Robin. Como en un sueño, ella sintió que algo rozó su brazo. Levantó la cabeza despacio y al darse cuenta que era la mano de Robin quien la había tocado se incorporó deprisa. Se acercó a la cara del joven y tocó su frente.

- Gracias Dios - Oró ella. Acarició la cara tibia y los cabellos húmedos de Robin. Tuck y Juan al escuchar el movimiento se levantaron y estaban a la expectativa del regreso a la consciencia de su amigo.

Con gran esfuerzo Robin dejó ver sus ojos castaños. No hubo mejor recompensa al cansancio que la mirada marrón de su amigo. Quiso hablar pero apenas tuvo fuerza para medio abrir la boca y dejar escapar un ligero lamento. Estaba muy débil.

- Ni lo intentes amigo - le dijo Tuck quedamente - Ya habrá tiempo para hablar. Tienes que descansar...
- Te lo dije... Todo saldría bien – Comentó Juan.

Marion le dio un beso en la frente. Robin sonrió débilmente y cerró los ojos de nuevo.
 
 

Ese día no hubo más fiebre y milagrosamente la herida había perdido su tonalidad púrpura. Pequeño Juan y Tuck habían ido a comer algo por órdenes de Marion, quien aprovechó para pedir a un par de sirvientas la ayudaran a poner sábanas y mantas limpias a la cama de Robin. Una vez seco y cómodo Robin cayó en un sueño profundo.

- Mi Lady Marion – Dijo una mujer al entrar a la habitación.
- Si?... Margaret? – Marion llamó a la mujer de edad por su nombre. La había reconocido. Margaret había sido la encargada de cuidar a Guy, a Robin y a ella en la niñez. – Aun sigues aquí?
- Hace tantos años de no verla mi Lady, desde que era usted una niña... – Agregó la mujer con emoción. – Hace días que sé que usted y el joven Robert están aquí, pero con la presencia del Príncipe Juan, todos estamos de más ocupados. Cómo está mi Lord Robert? – Dijo Margaret acercándose a la cama.
- Mejor... creo... – Agregó Marion cansada.
- Robin Hood... quién iba a creerlo, el más cercano amigo de mi Lord Guy, ahora un bandido – Marion bajó la mirada. La mujer se sentó en la cama. – Muchas veces me pregunté quién sería el desalmado que convertía en víctima a cada momento a mi niño Guy... Cuando supe la verdad acerca de la identidad de Robin Hood, me di cuenta de quién en realidad era la víctima... de quién había sido despojado de sus tierras, de su nombre, de su familia...
- Tienes razón... no fue fácil para Robin... Tampoco tuvo muchas opciones...
- Al igual que tu, niña... Aun recuerdo aquella vez en que te iban a casar a fuerza... O todas las veces que Guy ha hecho tonterías por ti...
- No me lo recuerdes que me da jaqueca – Sonrió Marion. Margaret acarició el cabello del bandido con ternura y lo miró detenidamente.
- Mi madre decía que ninguna persona podía negar su origen... Míralo – le dijo a Marion – En esta cama elegante y con sábanas finas, sólo se ve al Conde de Locksley, no al bandido de Sherwood... De lo que somos dueños, somos dueños... y nadie nos lo puede quitar... – La mujer tenía razón, Marion jamás había pensado en eso con tal detenimiento. – Y tu siempre serás una dama mi Lady... siempre hermosa y amable... y que ahora debe ir a descansar. –
- Estoy bien, por el momento no quiero dejarlo solo... puede necesitarme.
- Y quién dijo que lo dejarías solo? – La matrona tomó de la mano a la joven y la llevó al otro lado de la cama – Dormirás con él. Si algo se le ofrece. Tú estarás más que cerca – ordenó.
- Pe... Pero... – Marion dudó.
- Por favor mi Lady... en este siglo esas cosas ya no asustan a nadie – Comentó riendo. – Mientras, iré a cocinar algo nutritivo para cuando Robin despierte, claro, si el Fraile me lo permite...
- Gracias Margaret... – Marion se quedó sola con Robin. Subió a la cama y se acercó lo suficiente hasta sentir su respiración, puso una mano sobre su pecho para asegurarse de que su corazón latía. Aun tenía miedo. Todo pasaría hasta que Robin por fin despertara y pudieran regresar a casa.

Final Del Capitulo Ocho


Capitulo Uno / Capitulo Dos / Capitulo Tres / Capitulo Cuatro / Capitulo Cinco
 Capitulo Seis / Capitulo SieteCapitulo OchoCapitulo NueveCapitulo Diez

Casa  / Ediciones Anteriores  Cuartra Edición