La Rosa Púrpura
Autora Verenize Bernal Curiel
Email Verenize

CAPITULO  III  “El Error”

- Cómo está él? – Preguntó Robin a Tuck cuando salió de su cabaña después de revisar a Sir Frederick.
- Estará con jaqueca un par de días, pero nada de cuidado. Ya me dijo Marion que tu herida no es grave – Diciendo esto Tuck levantó la túnica de Robin para una inspección rápida. Él lo permitió mansamente.
- Si cada que me hirieran me atendiera Marion seguro que no sería tan desagradable. Tu me torturas – agregó Robin sonriendo – Puedo ver a Sir Frederick?
- Claro. Sólo cuida de cambiar tus vendajes para evitar infecciones- advirtió Tuck.
 

Frederick descansaba. Robin lo miró con afecto, si bien era cierto que por el arranque del hombre habían perdido el plan, él no dejaba de reconocer que había sido valiente en el intento.

- Dice Tuck que tienes la cabeza muy dura Sir – sonrió Robin.
- Lo siento hijo, no quería echar a perder tu plan. Estaba seguro que podría detener al Sheriff. Lo había soñado todo este tiempo.
- No sé qué tan bueno o malo sea el guardar tantos años el rencor. Y no lo sé porque yo también me he sentido así. Hace mucho tiempo un buen amigo me dijo que no podría dirigir a la gente ni podría hacer el bien si guardaba odio y rencor en mi corazón, no ha sido fácil perdonar... me ha tomado mucho tiempo, pero he sido recompensado. – Meditó Robin.
- Hay sentimientos que no se pueden evitar. Tanto el odio como el amor. No es algo que se pueda controlar fácilmente. Mi odio por Nottingham, tu amor por Marion, tan ambivalentes pero igual de fuertes. – Robin escuchaba con atención, el ermitaño tenía razón. A veces él había sentido odio por un hombre en un momento y un segundo más tarde el amor más profundo por una mujer.- Cuando mi hija murió – continuó Frederick – Deseé morir con ella, pero me sentí tan culpable de no poder defenderla que prometí matar a su agresor antes de cobardemente quitarme la vida. Esperé mucho para este momento. El arma con la que alguna vez me quitaría la vida, sería la misma con la que se la quitaría a ese bastardo... - las palabras de Frederick sonaban amargas, sus ojos se llenaron de agua y evitó la mirada penetrante de los ojos oscuros de Robin.
- De qué arma hablas? – Preguntó Robin intrigado.
- La daga con la que pretendí matar al Sheriff estaba envenenada – El rostro de Robin se ensombreció de golpe.
- Envenenada?
- Sí. Conseguí esa poción hace años y esperé para vertirla en un recipiente que la mereciera. Se trata de la Rosa Púrpura, es infalible.- Robin guardó silencio, por instinto llevó su mano a la herida. – Es un veneno de efecto lento, acaba con la persona despacio y con sufrimiento...
- Basta – lo detuvo Robin – No hables de cosas desagradables. Lo importante es que estás bien– dijo con una sonrisa algo forzada.
- Prometo hijo, que la próxima vez se hará tal como tú lo digas y no volveré a ocultarte nada.
- Claro – contestó Robin no muy seguro – Ahora descansa.
 

Marion encontró a Robin al salir de la cabaña. Notó su expresión extraviada y confusa.

- Vamos, Robin – Le dijo ella tomándolo del brazo – Se equivocó, es verdad, pero tendremos otra oportunidad. Yo sé que algo se te ocurrirá.
- Sí, pero se me tiene que ocurrir rápido.- Marion lo miró y se paró frente a él. Notó algo extraño en el hombre joven, lo conocía bastante bien. – El invierno será crudo Marion, entre más avance tendremos menos oportunidades – dijo él tratando de convencerla.
- Tienes razón. Vienes a comer algo?
- En un momento te alcanzo – Le sonrió. Marion se dio la vuelta y se alejó. Robin se llevó la mano a la cabeza. Empezaba a sentirse febril, pero evitó a toda costa pensar en eso. Aun no sabía qué tenía que hacer. Comentarle a Tuck originaría que se detuvieran los planes del abastecimiento y eso sería terrible para la gente del campamento. Se quedó parado observando a los niños correr y jugar.
 
 
 

En el castillo de Nottingham el Príncipe Juan no dejaba de gritarle al Sheriff. Sir Guy de Gisborn había resultado beneficiado por el percance. El Príncipe Juan aplaudió la manera en que lo arrancó de las garras del bandido de Sherwood.

- Cómo puedes ser tan inepto? – Preguntó escupiendo la cara del Sheriff – Por eso Nottingham es un desastre, porque está a la cabeza el más estúpido de mis súbditos¡ - Mientras el Príncipe humillaba al Sheriff, Guy no dejaba de sentirse feliz y vengado por todas las veces que él había sido humillado. Sonreía parado al lado del Príncipe como si fuese ahora su mejor y único protector. – Hasta mi túnica de Seda fue rasgada por tu culpa¡ BARKLEYYY¡ Trae al Médico¡¡ - aulló mirándose el brazo – No es posible¡ Fui herido¡ - gritó mientras el médico de la corte corría hacia él – Casi me cortan el brazo por tu ineptitud¡. Te quitaré las regalías de este año en pago de mi traje y del daño a mi persona Sheriff.
- Sólo fue un rasguño mi Lord – Comentó Guy – Seguro se pondrá bien en un par de días.
- Cállate Gisborn. Ahora lárgense de aquí ambos, necesito descansar.
- Vaya, el Príncipe Juan ahora si que está molesto – se mofó Guy una vez que él y el Sheriff salieron de la habitación. – Intenté abogar por usted mi Lord, pero ya ve que no sirvió de mucho.
- No necesito de tu ayuda Gisborn. Todo esto es tu culpa. Robin Hood tendría que estar muerto desde hace mucho tiempo, pero tu no has sido capaz de hacerlo. Tal vez deba tomar yo este asunto en mis manos.
- Así que Sir Frederick no ha olvidado el asunto de Lady Sophia – agregó Guy para abrir más la herida.

El Sheriff no respondió. Lanzó una mirada de odio a Gisborn y se alejó del lugar. Estaba tan sorprendido como todos. Había dado por muerto a Frederick y curiosamente, ahora que lo había vuelto a encontrar, el viejo dolor del suicidio de la joven regresaba a su cabeza. No se lo había dicho a nadie, pero él no deseaba la muerte de la muchacha, pero tampoco la creyó con tanta dignidad. Ahora tendría que hacer lo necesario para congraciarse de nuevo con el Príncipe Juan.
 
 
 

La noche transcurrió lentamente. Robin no pudo dormir. Tenía que pensar en algo que procurara las provisiones por lo menos de las mujeres y los niños del campamento. Si lograba conseguirlo, entonces le diría a Tuck lo de su herida, seguramente él sabría que hacer. Mientras tanto, si el veneno funcionaba como Frederick lo había mencionado, tenía por lo menos un par de días antes de perder su fuerza. “Dios, ayúdame” oró.
 

La mañana siguiente, un jinete llegó exhausto al campamento. Había viajado toda la noche pero la noticia era de gran importancia. Un cargamento de alimentos recolectados en aldeas lejanas a Nottingham estaba por llegar a Sherwood. Robin sintió que sus oraciones habían sido escuchadas.

- Prepárense, tenemos que interceptar esa carga.- Ordenó a Marion y a Pequeño Juan – Tuck, tu quédate con Sir Frederick y espera nuestro regreso.- Entonces salieron a galope a encontrarse con su salvación.

Efectivamente la carga era generosa. Robin la examinó de lejos desde un árbol. Hizo las señales a Pequeño Juan y a Marion.

- Por qué siempre tienes que ser tú la carnada? – Le había preguntado Marion antes de colocarse en sus respectivos sitios.
- Lamento decirte que soy más atractivo que tu Marion – Le dijo sonriendo. La acercó a él y le dio un ligero beso en la mejilla.
- Estás bien?... - le dijo ella cuando percibió ese brillo extraño en su mirada.
- Por supuesto, es la emoción de la aventura – guiñó su ojo. Marion sólo lo miró alejarse.
 

- Les aseguro que obtendrán más dinero por mi cabeza que por ese cargamento – Dijo cuando salió al encuentro de las carretas retando a los custodios. Cuatro de los hombres corrieron detrás de él al percatarse de que era Robin Hood, dejando casi desprotegido el cargamento. Marion y Juan se encargaron de los hombres restantes quienes quedaron fuera de combate casi al momento. Juan y Marion tomaron una carreta cada uno y arrastraron las otras dos restantes, emprendiendo el rápido regreso al campamento.

Robin no se detuvo, pero la carrera lo estaba agitando y de pronto se sintió débil y febril. Tomó el camino del arroyo, sabía que sería difícil que los hombres siguieran sus huellas por el agua. Corrió varios kilómetros más hasta que cayó del caballo agotado. Tuvo suerte, había logrado perder a sus seguidores. Se acercó al agua, estaba helada, y su cuerpo febril le dolió tanto que desistió de refrescarse la cara. Se recargó en un árbol y esperó a recuperar el aliento. Su herida sangraba de nuevo.

- Ya debería estar aquí – Dijo Marion preocupada un par de horas más tarde. Cada retraso de Robin representaba una mala noticia. Lo había aprendido a través de tantas batallas. Pero apenas estaba terminando la oración cuando Robin apareció en la entrada del campamento.

 La gente estaba feliz porque aunque un poco reducidos en las raciones, tendrían lo suficiente para pasar el frío. A pesar de su malestar se sintió feliz y con suficiente fuerza como para fingir delante de sus amigos.

- Perdón el retraso, pero nos hicimos amigos y nos quedamos a charlar un rato – Dijo con su gracia de siempre. Dio un par de respiros y continuó andando. Marion lo notó un poco pálido y se acercó a él. Apenas lo había alcanzado cuando las rodillas de Robin cedieron. Marion lo sostuvo en el aire.- Sshh, por favor – Suplicó Robin. – Llévame a mi cabaña, pero no digas nada, no alarmes a los niños.- Marion se resistió a callar y Robin lo notó. – Por favor, ayúdame a llegar allá y te lo explicaré todo.

Marion al ver el aspecto de la herida de Robin y después de escuchar la historia del veneno, se alarmó tanto que salió en busca de Tuck inmediatamente.

- Por todos los cielos¡¡ La rosa Púrpura... - Oró Tuck al ver la herida de Robin. Ésta se había tornado morada en su contorno, dando la impresión de una flor alargada, fue suficiente, Tuck se dio cuenta de la gravedad del asunto. – Por qué no dijiste nada antes? Desde cuándo pasó esto? Quién te lo hizo?
- Fue en la emboscada del Príncipe Juan, y fue un accidente. Dime la verdad Tuck, qué hay de cierto con este veneno? – Preguntó Robin con la voz cansada.
- La he visto antes amigo, y no es nada bueno... - En ese momento entró Juan al lugar.
- Jesús Mío¡ La muerte negra¡ - Dijo con los ojos llenos de miedo. – Esos malditos, te hirieron en la persecución?- preguntó Juan muy agobiado.
- No me den tantos ánimos amigos¡ - Bromeó Robin pero no encontró respuesta en ellos – Vaya, entonces es verdad... – Estaba empezando a asustarse en realidad.
- Quién te hizo esto Robin?- Cuestionó Tuck. Robin guardó silencio y bajó la cabeza. Marion se acercó a Tuck
- Fue Frederick- Le dijo ella.
- Fue un accidente – Argumentó Robin – El veneno iba dirigido al Sheriff de Nottingham pero hubo una falla... - Tuck se acercó a Robin y le tocó la frente. Aunque aun no tenía tanta fiebre como lo esperaba, sabía que en cualquier momento se apoderaría de él.
- Debe haber algo que hacer, verdad Tuck? – Marion preguntó suplicante. Juan estaba parado petrificado y su cara lo decía todo.
- Por supuesto – Agregó Tuck queriendo ser convincente – Ahora trata de descansar, mientras pensaré en algo.
 

Robin se quedó con Marion en la cabaña, ella acarició su cabello mientras él concilió el sueño. Juan estaba asustado y molesto, así que se dirigió a la cabaña de Frederick a informarle el resultado de sus acciones. El hombre al enterarse de lo ocurrido quiso ir a Robin y encontrarlo, pero Tuck lo detuvo.

- No lo alarmes más Frederick – Ordenó Tuck.
- Hijo mío, por Dios, qué he hecho? – Se lamentó el hombre. – Por qué no me lo dijo?

Final Del Capitulo Tres

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