La Rosa Púrpura
Autora Verenize Bernal Curiel
Email Verenize

CAPITULO  X  “Reflexiones”

Aun no amanecía cuando arribaron al campamento. Ninguno había mencionado nada de lo ocurrido durante el trayecto. Cada uno estaba sacando sus propias conclusiones, había demasiadas cosas difíciles de comprender.

El vigilante anunció la llegada de Robin y los demás. La gente se alegró al ver a su líder vivo. Juan ayudó a Robin a descender de la carreta.

- Dónde está Sir Frederick? – Preguntó al no verlo entre la gente.
- Se ha ido Robin – Respondió Adam. – Pero dejó esto para ti – Dijo entregándole una carta. Robin la tomó con tristeza y se dirigió a su choza. Conociéndolo, Marion y los demás supusieron que querría estar solo. Robin se detuvo a medio camino.
- En realidad piensan dejarme llegar solo hasta allá? – Dijo sin mirar atrás. Sus inseparables amigos intercambiaron miradas y lo siguieron.
 

Robin se sentó en su catre y leyó en silencio la nota de Sir Frederick ante la presencia de sus amigos.
 

“ Hijo Mío:

 Sé y confío en que estarás bien, y sé que te extrañará el no encontrarme a tu regreso, pero debes comprender que un hombre que sólo tiene rencor y sed de venganza en su corazón, no puede ofrecer amor a los demás. Cualquiera de mis acciones sólo te pondrían en peligro a ti y a los seres que amas, quienes ya tienen suficiente con todas las adversidades que deben librar cada día.
 Quiero que sepas que me siento orgulloso de ti, tanto como lo estará tu padre donde quiera que se encuentre. No flaquees en tu lucha. Tienes todos los recursos para triunfar y en nombre del amor hacia tu padre, hacia tus amigos, hacia Marion, jamás permitas que el odio infecte tu alma. Esa será la mayor lucha que tendrás que ganar.
 Yo he aprendido la lección. Trabajaré los pocos años que me quedan en tratar de salvar mi alma. Con la esperanza de que al final, sea merecedor de reunirme con quienes más he amado.

       Dios te Bendiga.
        Frederick Reilly.”

Robin dobló la nota y esperó a que las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos, regresaran a su lugar de origen.

- Creo que se ha subestimado a Robin Hood - comentó el arquero - Inclusive yo lo subestimé – Continuó sin que los otros entendieran de lo que hablaba. - Yo soy Robert de Locksley... y Robert de Locksley es un hombre como cualquiera, con miedos, con defectos, con incertidumbres y rencores... pero no así Robin Hood... porque Robin Hood es el resultado de lo que aportamos cada uno, y cada uno le damos lo mejor de sí mismo... si alguno falta, simplemente Robin Hood deja de existir... - Argumentó Robin convencido y con fuerza en sus palabras.

Marion, Tuck y Juan se llenaron de emoción. Recordaron los momentos en el castillo Gisborn en que tuvieron tantas dudas, y se preguntaron cómo era posible que Robin fuera tan preciso en su comentario, como si él supiera lo que cada uno de ellos había sentido en esos momentos de incertidumbre y miedo.

- Y sé y estoy seguro que, no puedo tener mejores amigos. Y soy muy afortunado por estar rodeado de personas que han tenido el valor de decidir su destino – Entonces miró a Marion con sus intensos ojos castaños – Y me hace más feliz aun, el saber que si están aquí ahora, aun y a pesar de todo aquello que pueda faltarnos, es porque aman lo que aquí se busca, porque están convencidos de lo que aquí se pretende y porque teniendo la libertad de tomar cualquier otra decisión, han tomado la de permanecer aquí... conmigo... – La voz de Robin se quebró y sin poder continuar, bajó la cabeza.
 

Las palabras de Robin habían llegado demasiado lejos en los corazones y en las emociones de sus amigos. Juan se acercó a él, apretó su hombro y salió de ahí para que no vieran cómo sus ojos azules enrojecían.

- Te prepararé algo de comer – Le dijo Tuck mirando hacia la puerta para que no vieran sus regordetas mejillas húmedas – No has probado bocado desde hace días y te necesitamos fuerte – Entonces salió.
 

Marion se agachó frente a Robin y con una mano levantó su barbilla. Algunos de sus cabellos se habían pegado a la humedad de su rostro aun pálido. Apartó los cabellos oscuros de su cara y lo miró con amor. No era necesario decir nada. Todo estaba entendido. Entonces se acercó a él y le dio un beso cálido y húmedo en los labios.

- Ese es mi mejor alimento – Dijo Robin suavemente.
- Ahora debes descansar – Ordenó Marion ayudándolo a acostarse y cubriéndolo con una manta.
- Tu también debes descansar – Recomendó Robin.
- Lo haré – Asintió Marion.
- Y por qué no lo haces aquí, conmigo? – Marion lo miró sonriendo. Robin tenía ese brillo irresistible en sus ojos.
- No creo que el espacio sea suficiente para los dos... –
- Tal vez si te pegas bien a mí... – El tono en la voz del arquero fue clave para convencer a la mujer.
 

Marion levantó la manta y se acostó junto a él, pagando su espalda al pecho de Robin. La sensación fue única. El invierno cruel no hizo más que hacer más delicioso el calor del contacto de sus cuerpos. Robin la abrazó y se quedaron en silencio.
 

- Marion... – Susurró Robin después de un rato.
- Humm...
- Tenías que besar a Guy de despedida? – Marion abrió los ojos y sonrió.
- Sólo le di un beso en la mejilla... – explicó sin importancia.
- Ah... entonces sí lo hiciste... – Robin sonrió. Marion había caído en la trampa. Ella se volteó hacia Robin y lo miró. Él continuaba con los ojos cerrados. Lo miró detenidamente. Ahora entre mantas humildes, era él, seguía siendo él... Margaret tenía razón.
- Te amo Robert, Conde de Locksley – Le dijo con todos los sentimientos que le fue posible expresar. Robin abrió los ojos y se reflejó en la mirada azul de Marion. Entonces se levantó un poco y la besó, como hacía mucho deseaba hacerlo.
 

Tuck y Juan llevaban los alimentos para Robin, pero al ver a la pareja retrocedieron. Se miraron uno a otro.

- Creo que tendré que calentar esto más tarde – Comentó Tuck. Ambos hombres sonrieron.

La enorme tarea de Robin era comprender todo lo que había sucedido, habían sido demasiadas cosas a la vez. Una vez más tenía mucho que aprender y tanto Marion como Tuck y Juan, sabían que tenían que cuidar a ese maravilloso ser que era Robin Hood, quien los había obligado a aceptar y a enfrentarse con sus propios miedos, y sobretodo, lo que era aun mejor, los mantenía unidos.
 

FIN.

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